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miércoles, 11 de marzo de 2015

Mayurasana & Padma Mayurasana (Iyengar)

Mayura significa pavo real. Bajo la traidición de BKS Iyengar.


TÉCNICA
1. Arrodíllese en el suelo con las rodillas ligeramente separadas.
2. Inclínese hacia delante, gire las palmas de las manos y colóquelas en el suelo. Los meñiques deben tocarse y los dedos deben apuntar hacia los pies.
3. Doble los codos y mantenga juntos los antebrazos. Apoye el diagrafma en los codos y el pecho en la parte posterior de los brazos superiores.
4. Estire las piernas una a una y manténgalas juntas y tensas.
5. Espire, sostenga el peso del cuerpo en las muñecas y las manos, levante las piernas del suelo (una a una juntas) y al mismo tiempo estire el tronco y la cabezahacia delante. Mantenga todo el cuerpo paralelo al suelo con las piernas estiradas y rectas y los pies  juntos.
6. Mantenga la postura tanto como pueda, incrementando gradualmente el tiempo de 30 a 60 segundos. No ejerza presión en las costillas. Al verse presionado el diagrafma, la respiración se vuelve fatigosa.
7. Descienda la cabeza al suelo y desués las piernas. Coloque las rodillas en el suelo a los lados de las manos, luego levante las manos y relájese.
8. Una vez dominada esta posición, aprenda a cruzar las piernas en Padmasana (Loto) al practicas la postura, en lugar de mantener las piernas rectas. Esta variación se como como:

PADMA MAYURASANA

EFECTOS
Esta asana tonifica  de forma maravillosa la porción abodminal del cuerpo. Gracias a la presión ejercida por los codos en la aorta abdominal, la sangre circula correctamente por los órganos abdominales. Ello aumenta la capacidad de digestión, cura las dolencias de estómago y bazo y previene la acumulación de toxinas causadas por hábitos alimienticios nocivos. Las personas que sufran diabetes encontrarán beneficiosa la postura. Del mismo modo que un pavo real mata serpientes, esta asana destruye las toxinas del cuerpo. También fortalece los antebrazos, las muñecas y los codos.

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jueves, 5 de marzo de 2015

El yoga de Patanjali - Parte IV




Las Posturas del Yoga
Sólo con la práctica del âsâna comienza la técnica del yoga propiamente dicha. Âsâna designa la conocida postura que los Yoga-Sutra (...) definen como "estable y agradable". La descripción de los inumerables âsâna se encuentran en los tratados de Hatha-Yoga. En los Yoga-Sutra, esta descripción no está sino esbozada, ya que el âsâna se aprende de un guru y no por vía de descripción. Lo importante es que el âsâna proporciona al cuerpo una estabilidad rígida y a la vez reduce al mínimo el esfuerzo físico. Se evita así la sensación irritante de la fatiga, del enervamiento de ciertas partes del cuerpo, se regulan los procesos fisiológicos, y se permite de este modo a la atención ocuparse exclusivamente de la parte fluida de la conciencia. Al comienzo, el âsâna es incómodo y hasta insoportable. Pero, después de algún adiestramiento, el esfuerzo de mantener el cuerpo en la misma posición se torna mínimo. Ahora bien -y esto es de importancia capital- : el esfuerzo debe desaparecer, la posición meditativa debe hacerse natural, sólo entonces facilita la concentración. "La postura logra la perfección cuando desaparece el esfuerzo para mantenerla, de modo que no haya ya movimientos en el cuerpo" (...) El âsâna es el primer paso concreto que se da hacia la abolición de las modalidades de existencia humanas. A nivel del cuerpo, el âsâna es una ekágrata, una concentración en un punto único: el cuerpo está "concentrado" en una sola posición. Así como la ekágrata pone fin a las fluctuaciones y a la dispersión de los "estados de conciencia", así el âsâna pone fin a la movilidad y la disponibilidad del cuerpo, reduciendo la infinitud de posiciones posibles a una sola postura, inmóvil y hierática (...)

La disciplina de la Respiración
El pranayama, o disciplina del hálito, es la "negativa" a respirar como el común de los hombres, es decir, de una manera arrítmica. He aquí cómo Patáñjali define este rechazo: "El pranayama es la detención (viccheda) de los movimientos inspiratorios y expiratorios y se obtiene después de haber realizado el âsâna". Patáñjali habla de la "detención", de la suspensión del respirar. Empero, el pranayama empieza por ritmar la respiración lo más lentamente posible: tal es su objetivo inicial. La respiración del hombre profano es en general arrítmica, varía según las circunstancias o la tensión psicomental. Esta irregularidad produce una peligrosa fluidez psíquica, y por consiguiente, la inestabilidad y la dispersión de la atención. Uno puede concentrar la atención esforzándose. Pero, para el yoga, el esfuerzo es una "exteriorización". Se trata, pues, por medio del pranayama, de suprimir el esfuerzo respiratorio: la respiración rítmica debe hacerse automática, para que el yogin pueda olvidarse de ella (...) La psicología india conoce cuatro modalidades de la conciencia: la conciencia diurna, la del sueño con sueños, la del sueño sin sueños y la "conciencia cataléptica", turîya
.
Cada una de estas modalidades de conciencia está en relación con un ritmo respiratorio determinado. Por medio del pranayama, es decir, prolongando cada vez más la respiración y la inspiración -pues el objetivo de esta práctica es dejar un intervalo lo más largo posible entre los dos momentos del proceso respiratorio-, el yogin puede penetrar, pues, todas las modalidades de conciencia (...) El ritmo respiratorio se obtiene por una armonización de tres "momentos": inspiración (puraka), espiración (réchaka) y conservación del aire (kumbhaka). Con la práctica, el yogin logra prolongar considerablemente cada uno de esos momentos. Como declara Patáñjali, el objetivo del pranayama es una supresión lo más larga posible de la respiración, a lo cual se llega retardando progresivamente su ritmo. Se comienza por suspender el hálito dieciséis segundos y medio, luego treinta y cinco segundos, cincuenta segundos, tres minutos, cinco minutos, etcétera (...)

La "retracción de los sentidos"
El âsâna, el pranayama y la ekágrata han logrado suspender la condición humana, así sea durante el corto tiempo, que dure el ejercicio inmóvil, ritmando su respiración, fijando la mirada y la atención en un único punto, el yogin trasciende experimentalmente la modalidad profana de existencia. Comienza a hacerse autónomo, con respecto al cosmos; las tensiones exteriores ya no lo perturban (pues, en efecto, ha trascendido los "contrarios"; es insensible al frío como al calor, a la luz como a la oscuridad, etcétera.); la actividad sensorial ya no lo proyecta al exterior, hacia los objetos de los sentidos; la corriente psicomental ya no está dirigida por las distracciones. los automatismos y la memoria: el yogin está "concentrado", "unificado". Esta retirada del cosmos va acompañada de una inmersión en sí mismo. El yogin retorna a sí, toma, por así decirlo, posesión de sí mismo, se rodea de "defensas" cada vez más poderosas en una palabra, se torna invulnerable (...). Aunque los sentidos no se dirijan ya hacia los objetos externos y aunque cese su actividad, el intelecto (chitta) no por eso pierde su propiedad de tener representaciones sensoriales. Cuando el chitta desea conocer un objeto exterior, no se sirve de una actividad sensorial, sino que puede conocer ese objeto por medio de las potencias de que dispone. Directamente obtenido por contemplación, este "conocimiento" es, desde el punto de vista del yoga, más efectivo que el conocimiento normal. "Entonces –escribe Vyasa- la sabiduría (prajña) del yogin conoce todas las cosas tal como son (...). Este sustraerse de la actividad sensorial a la dominación de los objetos externos (pratyâhâra) es la etapa última de la ascesis psicofisiológica. En adelante ya el yogin no se verá "distraído" o "perturbado" por los sentidos, la actividad sensorial, la memoria, etcétera. Toda actividad queda suspendida. El chitta -la masa psíquica que ordena y esclarece las sensaciones procedentes del exterior- puede servir de espejo a los objetos sin interposición de los sentidos (...). Dhâranâ: la "concentración" del yoga La autonomía respecto de los estímulos del mundo externo y respecto del dinamismo subconsciente, autonomía que se realiza por medio del pratyâhâra, permite al yogin experimentar una triple técnica, que los textos llaman sámyama (literalmente "ida conjunta, vehículo"). Este término designa las últimas etapas de la técnica, los tres últimos "miembros del yoga" (yoganga): la concentración (dhâranâ), la "meditación" propiamente dicha (dhyâna) y la "éxtasis" (samâdhi) (...). La "concentración" (dhâranâ) de la raíz dhr, "mantener apretado") es de hecho una ekágrata, una "fijación en un punto único", pero cuyo contenido es estrictamente nocional. Dicho de otro modo, la dhâranâ -y por ello se distingue de la ekágrata, cuya única finalidad es detener el flujo psicomental fijándo lo en un punto- realiza tal fijación a fin de comprender (...).

Dhyâna, la "meditación" del Yoga
En su tratado Yoga-sâra-sámgraha (...) Vijñânabhikshu cita un pasaje de la Isvara-gitâ según el cual la duración de la dhâranâ se extiende por un lapso equivalente a doce pranayama. Prolongado doce veces esta concentración en un solo objeto se obtiene la "meditación" propia del yoga, el dhyâna. Patáñjali lo define como "una corriente de pensamiento unificado" (...), y Vyâsa glosa así: "el conjunto del esfuerzo metal por asimilar el objeto de la meditación, libre de cualquier esfuerzo por asimilar otros objetos (...).
Huelga destacar que esta "meditación" del yoga difiere absolutamente de la meditación profana. En primer lugar, en el marco de la experiencia psicomental normal, ningún continuo mental puede adquirir la densidad y la pureza que permiten alcanzar los procedimientos de yoga. Segundo, la meditación profana se detiene sea en la forma exterior de los objetos sobre los cuales se medita, sea en su valor; mientras que el dhyâna permite "penetrar" los objetos "asimilados" mágicamente.
El acto de "penetración" en la esencia de los objetos es particularmente difícil de explicar; no ha de concebirse bajo las especies de la imaginación poética ni bajo las de una intuición de tipo bergsoniano, lo que diferencia netamente de estos dos impulsos irracionales a la "meditación" del yoga es su coherencia, el estado de lucidez que la acompaña y que no cesa de orientarla. El "continuo mental", en efecto, no escapa jamás a la voluntad del yoguin. En ningún momento ese continuo recibe enriquecimientos colaterales por asociaciones no controladas, analogías, símbolos, etcétera. la meditación en ningún momento deja de ser instrumento de penetración en la esencia de las cosas, es decir, en última instancia, un instrumento de toma de posesión, de "asimilación" de lo real."
Samâdhi "con soporte" (...) más bien que un "conocimiento" el samâdhi es un "estado, una modalidad
enstática específica del yoga. Veremos enseguida que este "estado" posibilita la autorrevelación del Sí-mismo (purusha) gracias a un acto que no es constructivo de una "experiencia". Pero no cualquier samâdhi revela al Sí-mismo; no cualquier "éxtasis" realiza la liberación final. Patáñjali y sus comentadores distinguen varias especies o etapas de la concentración suprema. Cuando el samâdhi se obtiene con la ayuda de un objeto o de una idea (es decir fijando el pensamiento en una idea o en un punto del espacio, el éxtasis se denomina samprajñata samâdhi (éxtasis "con soporte" o "diferenciado"). Cuando, en cambio, se obtiene fuera de toda "relación" (sea de orden externo, sea de orden mental), es decir, cuando se obtiene una conjunción en la que interviene ninguna "alteridad" sino que es simplemente una plena comprehensión del ser, se realiza el asamprajñâta samâdhi (éntasis "no diferenciado). Vijñânabhikshu (...) específica que el asamprajñâta samâdhi es un medio de liberación en la medida que posibilita la comprensión de la verdad y pone término a toda clase de sufrimiento."

martes, 3 de marzo de 2015

Manasana (Purna Yoga Integral)

Manasana o postura del pensador, bajo la tradición del Purna yoga integral.



TÉCNICA
1.- Empiece en postura de pie.
2.- Exhalando flexione las rodillas para sentarse sobre sus talones, mientras equilibra el peso en los dedos de sus pies.
3.- Apoye codos sobre los muslos y repose su cara sobre las manos. Fije la mirada en un punto. Mantenga un par de respiraciones.

VARIACIONES
-En caso que no pueda mantener el equilibrio, puede apoyarse con una mano en el suelo al costado de sus piernas, mientras la otra la deja al centro del pecho en medio anjali mudra.
-En caso que desee intensificarla, puede extender una pierna hacia adelante y quedar sentado sobre un solo talón. El talón puede apoyarlo en el gluteo, en el ano o en la zona entre los genitales y el ano. Mantenga un par de respiraciones y luego repita con el otro lado.
 
BENEFICIOS
Esta postura trabaja la flexibilidad de sus piernas (pies, rodillas), pero por sobre todo el equilibrio y por ende la concentración.

PRECAUCIONES
Deberán tener cuidado aquellas personas con problemas de equilibrio (como en el oído medio), tampoco es recomendable para aquellas personas con problemas en las articulaciones de las piernas (dedos, tobillos, rodillas, etc).
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domingo, 1 de marzo de 2015

Pelicula: Milarepa



El gran yogui Milarepa nació en la provincia de Gungthang, al oeste de Tibet, como el hijo del adinerado terrateniente Mila Sherab Gyaltsen. Pero a la edad de siete años, el padre de Milarepa contrajo una enfermedad mortal y falleció después de encomendar todas las posesiones de la familia al tío y a la tía de Milarepa, a quienes les pidió hacerse cargo de la viuda y de los niños y regresar esas propiedades a Milarepa y a su hermana cuando Milarepa alcanzara la mayoría de edad.
Sin embargo, con la muerte de su padre, los malvados tíos de Milarepa tomaron el control de las propiedades e hicieron que su madre, hermana y él mismo trabajaran como esclavos de la granja, sin ningún salario. Conforme Milarepa se acercaba a la madurez, su tío y tía no sólo le negaron sus derechos a las propiedades, sino que argumentaron que esas propiedades eran el pago por las deudas del padre de Milarepa. Indignado y humillado, la madre de Milarepa lo envió a aprender magia negra muy poderosa para castigar a los traidores.
Milarepa pronto aprendió el poder oscuro de la destrucción y mató a mucha gente inocente en sus actos de venganza. El arrepentimiento y el remordimiento que sintió después de todos estos delitos lo impulsaron a buscar un maestro honesto para ayudarlo a purificar el sufrimiento kármico negativo que ocasionó. Milarepa conoció a un maestro Nyingmapa, Lama Rongtön, quién le impartió enseñanzas sobre dzogchen. Pero en cuanto el lama Rongtön vio la afinidad que Milarepa tuvo con Marpa en el pasado, le sugirió a Milarepa que buscara la guía de Marpa, quién debería ser capaz de ayudarlo en su camino a la liberación.
En un esfuerzo por purificar el karma negativo de Milarepa, el gran maestro Marpa sometió a Milarepa a una serie de difíciles tareas antes de darle cualquier instrucción formal en su entrenamiento. Milarepa construyó con una sola mano un edificio circular en el este, un edificio con forma de media luna en el oeste, un edificio triangular en el norte y un edificio cuadrado en el sur. Pero antes de que cualquiera de ellos estuviera completamente terminado, Marpa ordenó que se demolieran y que se construyeran otros edificios en otro lugar. Finalmente, después de que Milarepa terminara la construcción de otro edificio de nueve pisos de acuerdo a las instrucciones de Marpa, Marpa comenzó oficialmente a impartirle todas las enseñanzas a Milarepa, a quién consideraba como su hijo del alma.
Milarepa practicó con devoción arraigada, gran renunciación, y voluntad de soportar todas las dificultades. Se convirtió en el más adelantado yogui errante de sus tiempos y logró la iluminación en una sola vida. Gampopa y Rechungpa fueron dos de sus mas renombrados discípulos. El primero fue comparado con el sol y el segundo con la luna. Gampopa fue el elegido para continuar con el linaje después de Milarepa.

martes, 27 de enero de 2015

El yoga de Patanjali - Parte III




¿Cómo es posible la Liberación?
Efectivamente, el Sâmkhya-Yoga ha comprendido que "el espíritu (purusha) no puede ni nacer ni destruirse, no es esclavo ni activo (= en activa búsqueda de la liberación), no está ni sediente de libertad ni liberado" (...) "Su modo es tal que ambas posibilidades están excluidas" (...) El Sí-mismo es puro, eterno y libre; no podría ser esclavizado, porque no puede tener relaciones con otra cosa que sí propio. Pero el hombre cree que el purusha está esclavizado y piensa que se lo puede liberar. Son ilusiones de nuestra vida psicomental. Pues, de hecho, el espíritu "esclavizado" es libre de toda eternidad. Si la liberación se nos aparece como un drama, ello se debe a que nos situamos desde un punto de vista humano; el espíritu no es sino "espectador"(sâkshin), así como la "liberación" (mukti) no es sino una
toma de conciencia de su libertad eterna.
Yo creo sufrir, creo estar esclavizado, deseo la liberación. En el momento en que -habiendo "despertado"- comprendo que este "yo" (asmita) es un producto de la materia (prakriti), comprendo al mismo tiempo que toda la existencia no ha sido sino una cadena de momentos dolorosos y que el verdadero espíritu "contemplaba impasiblemente" el drama de la "personalidad".
Así, la personalidad humana no existe como elemento último, no es sino una síntesis de experiencias psicomentales, y se destruye -o, dicho de otro modo, cesa de actuar- desde que se ha cumplido la revelación. Semejante en ello a todas las creaciones de la sustancia cósmica, la personalidad humana (asmita) actuaba, también ella, con vistas al "despertar", por eso, una vez realizada la liberación, se hace inútil. La situación del espíritu (purusha) tal como el Sâmkhya y el Yoga la conciben, es un tanto paradójica. Aunque puro, eterno e intangible, el espíritu se presta empero a asociarse, así sea ilusoriamente, con la materia, y hasta para alcanzar conocimiento de su propio modo de ser y "liberarse" está obligado a servirse de un instrumento creado por la prakriti: de la inteligencia.

Sentido de la Liberación
La liberación (môksha) es, de hecho, una liberación de la vida del mal y del dolor. No es sino la toma de conciencia de una situación que ya existía, pero sobre la cual tendía sus velos la ignorancia. El sufrimiento se aniquila de por sí cuando comprendemos que es exterior al espíritu, que no concierne sino a la "personalidad" humana (asmita). Imaginemos, en efecto, la vida de un "liberado". Seguirá actuando, porque las potencialidades de las existencias anteriores, y las de su misma existencia presente anterior al "despertar", exigen actualizarse y consumarse conforme a la ley del karma (...) pero tal actividad ya no es suya: es objetiva, mecánica, desinteresada, en suma, no tiene como objetivo el "fruto". Cuando el liberado actúa, no tiene la conciencia de un "yo actúo" sino de un "se actúa"; en otros términos, no arrastra al sí mismo en el proceso psicofísico. Al no operar más la fuerza de la ignorancia, no se crean ya nuevos núcleos kármicos. Cuando todas las "potencialidades" quedan destruidas, la liberación es absoluta (...) La "libertad" que se adquiere por medio del conocimiento metafísico o por el yoga es, sin embargo, real y concreta. No es cierto que la India haya buscado la liberación en un sentido sólo negativo; antes bien, quiere realizar, positivamente, la libertad. En efecto, el "liberado en vida" puede extender la esfera de su acción tan lejos como quiera. Nada tiene que temer, pues sus actos no tienen ya consecuencias para él ni, por lo tanto, límites. Como nada puede esclavizarlo ya, el "liberado" puede permitírselo todo en cualquier dominio de actividad; pues el que actúa no es ya él en tanto que "Sí-mismo", sino un simple instrumento impersonal.

La Estructura de la Experiencia Psíquica
El Yoga clásico comienza donde el Sâmkhya termina. Patáñjali se apropia casi enteramente de la filosofía del Sâmkhya, pero no cree que el conocimiento metafísico pueda por sí solo conducir al hombre a la liberación. El conocimiento, en efecto, no hace sino preparar el terreno para la adquisición de la libertad (mukti) La liberación debe, por así decirlo, conquistarse en alta lucha, especialmente por medio de una técnica ascética y un método de contemplación. La finalidad del Yoga, como la del Sâmkhya, es suprimir la conciencia normal en beneficio de una conciencia cualitativamente distinta, capaz de comprender exhaustivamente la verdad metafísica. Pero la supresión de la conciencia normal no es, para el Yoga, tan fácil de obtener. Además de la "filosofía", el darsana, implica una práctica (abhyâsa), una ascesis (tapas); en suma, una técnica fisiológica. Patáñjali define el yoga como: "La supresión de los estados de conciencia". Su técnica presupone, pues, el conocimiento experimental de todos los "estados que "agitan" la "conciencia" normal, profana, no iluminada. Pero entran todos en tres
categorias, correspondientes respectivamente a tres posibilidades de experiencia: l. los errores y las ilusiones (sueños, alucinaciones, errores de percepción, confusiones, etcétera.); 2. la totalidad de las experiencias psicológicas normales (todo lo que siente, percibe o piensa el profano, el que no practica el yoga); 3. las experiencias parapsicológicas desencadenadas por la técnica del yoga y accesibles, naturalmente, sólo a los iniciados (...) La finalidad del Yoga de Patáñjali es, pues, abolir las dos primeras categorías de experiencias (surgidas respectivamente del error lógico y del error metafísico) reemplazándolas por una "experiencia" extática, suprasensorial y extrarracional. Gracias al samâdhi, se trasciende definitivamente la condición humana -que es dramática, ya que nace del sufrimiento y en el sufrimiento se consuma- y se obtiene finalmente esa libertad total a la cual con tanto ardor aspira el alma india (...)
"Patáñjali, y con él una infinidad de maestros del yoga y del tantra, saben que la chittavrtti o "torbellinos de conciencia" no pueden ser controladas y finalmente abolidas a menos que se les haya "experimentado" antes. En otros términos, es imposible liberarse de la existencia (samsâra) si no se conoce la vida de una manera concreta. Así se explica la paradójica teleología de la Creación, que, según el Sâmkhya y el Yoga, por una parte "encadena" el alma humana y por otra la incita a la liberación (...) Al analizar la "individualidad psíquica", Patáñjali descubre cinco clases, o más bien, cinco "matrices" productoras de estados psicomentales (chittavrtti); la ignorancia (avidyâ) el sentimiento de individualidad (asmitâ; la persona), la pasión o apego (râga), el aborrecimiento (dvêsa) y el amor a la vida, (abhinivêsha).

La concentración sobre un único objeto
"El punto de partida de la meditación es en el Yoga la concentración sobre un objeto único, la ekágrata. Este objeto puede ser, indiferentemente, un objeto físico (el punto central del entrecejo, la punta de la nariz, una fuente luminosa, etcétera), un pensamiento (una verdad metafísica) o Dios (Isvara). La ekágrata tiene por resultado inmediato la censura de todos los automatismos psicomentales que dominan -y que, a decir verdad, constituyen - la conciencia profana.
La actividad de los sentidos y el inconsciente introducen continuamente en la conciencia objetos que la dominan y la modifican. Las asociaciones dispersan la conciencia; las pasiones la violentan. Aún en sus esfuerzos intelectuales, el hombre es pasivo: la mayoría de las veces no piensa, propiamente hablando, sino se deja pensar por los objetos. Bajo las apariencias del pensamiento se oculta en realidad un flujo indefinido y desordenado, nutrido por las sensaciones, las asociaciones y la memoria. El primer deber del yogi es pensar él, es decir, no dejarse pensar por los objetos. Por eso la práctica del yoga comienza por la ekágrata, que pone dique a la corriente mental y constituye un "bloque psíquico", un continuo firme y unitario (...)

Contenciones y Disciplinas
Los dos primeros grupos de práctica, yama y niyama, constituyen los preliminares insoslayables de cualquier ascesis. No presentan, por consiguiente, ninguna particularidad específica del yoga. Hay cinco "contenciones" (yama): ahimsa, "el no matar"; satya, "el no mentir"; asteya, "el no robar"; brahmacháriya, "la abstinencia sexual"; áparigraha, "la no avaricia".
Las "contenciones" no proporcionan un estado del yoga sino sólo un estado humano "purificado", superior al de la humanidad común (...) Paralelamente a estas contenciones, el yogi debe practicar los Niyama, es decir, una serie de "disciplinas" corporales y psíquicas. "La limpieza, la serenidad, la ascesis (tapas), el estudio de la metafísica del Yoga y el esfuerzo por hacer de Dios (Isvara) el motivo de todas las acciones, constituyen las disciplinas", escribe Patáñjali (...) Limpieza significa la purificación interna de los órganos (...)

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Bibliografía

viernes, 23 de enero de 2015

Baddha Konasana (Ashtanga vinyasa)

Baddha significa "atado" y kona "ángulo". Esta postura, que en ocasiones recibe el nombre de postura del Zapatero, es considerada por los textos de Yoga como la mejor de las asanas, puesto que cura enfermedades relacionadas con el ano; de hecho, para conseguir beneficios terapeúticos es imprescindible activar mula bandha y uddiyana bandha. A un nivel más físico, su aporte s que abre la cadera y actúa como contrapostura de Bhujapidasana y Kurmasana. Los alumnos que lleven años sentándose en el suelo conseguirán asumir esta postura sin problemas, pero quienes habitualmente utilizan sillas o han practicados deportes muy intensos pueden experimentar ciertas dificultades y quizá malestar o dolor mientras la aprenden. Por este motivo, se recomienda practicarla con sensibilidad y comprensión.



TÉCNICA
1. Vinyasa hacia abajo: (Vinyasa 1-6) Realiza la vinyasa de transición hasta adoptar la postura de Adho Mukha Svanasana.
2. Inhalando: Desde Adho Mukha Svanasana, salta para pasar las piernas entre los brazos y llegar a Dandasana. Siéntate con la columna recta y activa completamente mula bandha y uddiyana bandha.
3. Inhalando (5 respiraciones): (Vinyasa 7) Flexiona las rodillas y acerca los talones al perineo para presionarlo; luego junta los pies y alza las plantas (como si abrieras un libro). Ahora, "aflojando" las articulaciones de la cadera, presiona las rodillas sobre la colchoneta. Continúa activando los bandhas, eleva el pecho y estira la columna. Centra la mirada en nasagrai dristi (nariz) y realiza cinco respiraciones profundas completas.
4. Exhalando (5 respiraciones): (Vinyasa 8) Manteniendo la extensión de la columna, acerca el hueso púbico al suelo y flexionando el torso hacia delante desde las articulaciones de la cadera apoya la barbilla sobre la colchoneta. Cnetra la mirada en nasagrai dristi (nariz) y realiza cinco respiraciones profundas completas. Relaja los hombros y, trabajando con la energía direccional de uddiyana bandha, continúa ampliando el espacio entre el hueso púbico y el esternón con cada inhalación. En cada exhalación refuerza la aplicación de mula bandha.
5. Inhalando (5 respiraciones): Inhalando, deja de estirarte hacia delante y vuelve a sentarte. Ahora exhala, contrae el cuerpo hacia dentro desde el abdomen y curva la columna hacia abajo de tal modo que puedas apoyar la cabeza sobre las plantas de los pies. Continúa mirando hacia nasagrai dristi (nariz) y realiza cinco respiraciones profundas completas. Estírate desde la parte posterior del cuello a fin de prepararte para la siguiente posición.
6. Inhalando: (Vinyasa 9) vuelve a sentarte erguido y adopta la posición descrita en el paso 3.
7. Exhalando-Inhalando: Exhalando, deja de sujetarte los pies, cruza las piernas y coloca las manos sobre la colchoneta, separadas a la misma distancia que los hombros, por delante de las articulacines de la cadera. (Vinyasa 10). Inhalando, presiona con firmeza las palmas de las manos, inclínate hacia delante, levanta el cuerpo de la colchoneta y balancea las piernas entre los brazos, praparándote para tocar el suelo en Chatvari.
8. Vinyasa hacia arriba: realiza la vinyasa de transición hasta Adho Mukha Svanasana.

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jueves, 22 de enero de 2015

La postura perfecta

Autor: Phillip Moffitt
Traducción: Elisa Marzuca


 Ustedes conocen la sensación. Ahí están, en una clase de yoga, haciendo un esfuerzo sinéxito para hacer una de las llamadas posturas “avanzadas”. A tu lado hay un estudiante que lleva poco tiempo viniendo a clases y sin embargo es capaz de hacer la postura. No parece justo. Te frustras y fantaseas con renunciar. Sales de la clase pensando “¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué mejor no vuelvo a trotar o regreso al gimnasio?” Luchas con estos ires y venires de desaliento; y no es fácil volver a clases, pero de algún modo u otro vuelves. O quizás eres otro tipo de estudiante –el “eternamente flexible”. Haces muy bien la mayoría de las posturas, estás absorto en tu práctica y puedes focalizarte eternamente en los isquiones que suben o las ingles que se alargan. Pero después de un tiempo te comienzas a dar cuenta que hay una sensación de estancamiento en tu práctica de yoga. Las otras personas de la clase te dicen que tus posturas se ven maravillosas. Pero tienes una sensación de vacío en tu práctica, como lo describe uno de mis profesores: “No hay yoga en tu yoga”.

¿Qué tienen en común el estudiante constantemente desalentado y el eternamente flexible? Aunque no lo parezca, ambos sufren de lo que yo llamo “fiebre yogui”. La fiebre yogui es una infección psicológica que te hace pensar en tu práctica de yoga como si su propósito fuera encontrar la postura mística, eterna y perfecta con la cual tu vida repentinamente se va a llenar de felicidad, de un entendimiento profundo y de la admiración de los que están alrededor.

Cuando estás infectado con la fiebre yogui, así como sucede con la fiebre común, tu mente se nubla un poco. Empiezas a soñar con la postura perfecta y dejas de hacer la postura. Dejas de prestar atención al “aquí y ahora” en tu práctica de yoga y te pierdes en la fantasía –“Si solo…” o “¿Por qué no puedo…?” o “Cuando pueda…entonces voy a…”. En el tipo de estudiante que se desalienta con frecuencia, ésta es una infección solamente dolorosa y temporal; los síntomas incluyen una mente que compara constantemente y que se juzga a sí misma, lo cual genera tensión, auto-repugnancia y fatiga. Por otro lado, el eternamente flexible tiene una versión crónica con la cual es mucho más difícil lidiar. Pueden experimentar sentimientos de disociación, de estar absortos en uno mismo y de letargo, que pueden conducir a la entropía en la práctica y que reflejan un patrón de evitación y falta de crecimiento en la vida. Es como si estuvieras haciendo yoga en la clínica de la montaña Suiza descrita en La Montaña Mágica de Thomas Mann´s (Vintage, 1996), donde nada realmente sucede y todo está envuelto en una forma de hastío que evita el acceso a cada momento. Alguien contagiado con la versión crónica de la fiebre yogui, parece usar el yoga como una droga para escapar de la vida.

Yo soy alguien que tiene ataques periódicos de fiebre yogui. Incluso durante la niñez tenía un cuerpo tieso y un rango de movimiento inusualmente limitado. Más adelante, cuando tenía un poco más de 20 años, por una afortunada casualidad, me encontré tomando una clase de yoga. Yo era lejos el estudiante menos flexible, sin embargo sentía que estaba volviendo a casa. Desde ese momento las limitaciones de mi cuerpo me han dado varias oportunidades para desalentarme periódicamente y entramparme en el pensamiento “si solo…”, y también, para forzar mi cuerpo más allá de lo que realmente es capaz de hacer. He ido aprendiendo, en forma gradual, a acoger mi cuerpo y estar más presente en el momento. Me di cuenta que el único yoga que puedo hacer es el yoga que puedo hacer con este cuerpo, tal cual es. A su vez, he obtenido una sensación sentida de ocupar o de estar en mi cuerpo; una sensación bastante maravillosa y que está disponible para todos, pero relativamente pocos la descubren.

Ya seas del tipo que se desalienta constantemente o el eternamente flexible, probablemente deseas al menos una postura perfecta, lo cual hace que entres en la mente que compara o que se juzga a sí misma –los primeros síntomas de la fiebre yogui. Quizás es un paro de cabeza de 15 minutos, una extensión plena o el escorpión con los pies tocando la cabeza. Podrías decir que esto no tiene nada de malo, dado que te motiva y te da algo con lo cual puedes medir tu progreso. Esto es cierto siempre y cuando se detenga ahí…pero, ¿se detiene ahí? ¿Cuántas veces te ha sucedido que mientras estás en clase o practicando en tu casa te des-sintonizas de lo que está ocurriendo en tu cuerpo en ese momento y comienzas a fantasear con cómo se verá tu postura en el futuro? ¿Con cuánta frecuencia juzgas tus posturas como si les faltara algo, empujando tu cuerpo y llevándolo al “cómo debería ser”, o bien, te comparas negativamente con los otros? En cada una de esas instancias estás contagiado con la fiebre yogui. Tu mente está atrapada en la ilusión, en el deseo y el rechazo. No hay yoga en este estado mental; estamos abandonando el cuerpo, que tendrá que arreglárselas por cuenta propia, y la mente está perdiendo la oportunidad de aprender como acoger lo que sea que surja en el momento.

En el tipo de meditación que enseño, vipassana, el corazón de la práctica es estar presente con atención plena y ecuanimidad. En está técnica usamos la meditación sentada y caminando como dos formas principales de práctica, pero también enfatizamos que la práctica sucede en cualquier minuto de tu vida, no solo durante la sesión formal de
meditación. Lo mismo es cierto para el hatha yoga; el tiempo que pasas en el mat de yoga es tu práctica formal, donde aprendes a fortalecer y estirar el cuerpo y a focalizar tu mente. Sin embargo, la intención más profunda del yoga es crear un estado de fluidez y flexibilidad en el cuerpo y en la mente que permita manejar el estrés y los dolores físicos y mentales que inevitablemente surgen en tu vida. Si practicas con esta intención, no importa cómo se ven tus posturas.

Este principio de orientar tu práctica hacia tu vida se llama “integración”, un concepto adoptado por el místico Indio Sri Aurobindo, creador del Yoga Integral. Integración es lo que lleva al yoga más allá de un ejercicio. Desafortunadamente, dada la forma en que con frecuencia se enseña el yoga hoy en día, este principio pasa desapercibido. El foco está puesto en desafiar a los estudiantes para que alcancen la postura perfecta o para que pasen al siguiente nivel de una práctica en particular. Estar enfocado en una meta no hace más que fomentar la fiebre yogui. Puede contagiar a toda una clase o incluso a un centro de yoga por largos períodos de tiempo. Si quieres integrar tu vida con la práctica sirve recordar que las asanas son simplemente herramientas, no un fin en sí mismo. Son medios para experimentar la vida de forma más profunda y libre. Uno de mis profesores de Vipassana nos contó una historia acerca de un casino de Las Vegas que tenía un cartel que decía “Debes estar presente para ganar”. Él dice que lo mismo es válido para la meditación: tienes que estar plenamente presente y atento para profundizar en tu práctica. Cuando estás perdido en la fiebre yogui dejas de estar en el momento. Aunque ese estado dure unos segundos o sea algo habitual, no hay yoga en tu yoga.

Cuando ves el yoga desde la perspectiva de la postura perfecta que has creado en tu imaginación, que has visto en un libro o que has observado en tus compañeros de clase o en tu profesor, pierdes el acceso a ti mismo. Estás haciendo yoga de memoria y tu mente no obtiene la fortaleza necesaria para estar presente en las situaciones difíciles que surgen en la vida. Tampoco aprendes a estar presente en las necesidades de tu cuerpo mientras estás sentado en un avión por horas, mientras diriges una reunión en la cual estás bajo mucha presión o mientras llevas a un bebé en la espalda.

Cuando experiencias tu yoga desde la actitud de la postura perfecta ya no estás haciendo yoga. Más bien lo estás transformando en una forma de gimnasia, como si hubiese jueces de los cuales esperas obtener la calificación más perfecta posible. La gimnasia es un deporte hermoso, pero no es el yoga de Patanjali. Tu profesor puede haber olvidado esta verdad. Yo conozco un profesor para quién esto es verdad; he aprendido mucho de esta persona y he mandado a otros a estudiar con él. Cada vez que incentivo a alguien a practicar con él les digo “Aprende las técnicas brillantes que este profesor te puede ofrecer pero no te quedes atascado en su visión, ya que en sus enseñanzas no hay una visión de vida más allá del mat y no tiene la visión que la vida misma es la verdadera práctica de yoga”.

Muchos profesores me han dicho que es difícil hacerles clases a estudiantes que tienen una fiebre yogui crónica ya que al tener mucha facilidad para hacer las posturas no se relacionan con el desafío de la misma manera que estudiantes menos flexibles. Un profesor me decía que se le partía el corazón ver personas con cuerpos muy flexibles que vienen a clases y se aburren o se ponen muy ambiciosos sin nunca estar forzados a encontrarse consigo mismos.

Cuando trabajo con estudiantes eternamente flexibles, mi enfoque es traer su vida emocional a la clase. Elijo un aspecto físico de las posturas, por ejemplo algo en las caderas o en los hombros, y traigo su atención a ese detalle. Una y otra vez, les pregunto qué están sintiendo, qué están haciendo sus mentes y cual es su intención en ese momento. La idea es hacer que dejen de usar el yoga como un escape y alentarlos a experimentar plenamente en su yoga. Si se están sintiendo mal en clase por una situación difícil que tuvieron con su esposa/o, entonces esos sentimientos se vuelven parte de la postura.

Unas semanas atrás estaba dictando un seminario en un gran centro de conferencias y una mañana fui a una clase de yoga abierta para todos los participantes. El instructor era un hombre joven con un cuerpo muy flexible que estaba haciendo posturas cuando entré a la sala. Lo observé mientras me evaluaba como alguien con fuerza y estabilidad pero con poca flexibilidad. Era una evaluación que estaba acostumbrado a recibir. La clase comenzaba con Adho Mukha Svanasana y a partir de sus comentarios rápidamente quedó claro que él miraba a las personas desde la perspectiva de la flexibilidad, no de la conciencia corporal. Cuando llegamos a las posturas de pié, se acerco a mi y con una sorpresa en su voz me susurró “Tienes una práctica muy linda”. Al decir esto aludía a que estaba “en/dentro de” mi práctica, dentro de los límites de mi cuerpo mi intención era visible. Cuando escuché esto les di las gracias a mis profesores una vez más, porque era un cumplido para la paciencia que ellos tuvieron, y le agradecí a mi cuerpo por haber resistido mis ataques de fiebre yogui.

Habrá momentos en que tú también estarás contagiado con la fiebre yogui, sin estar presente en la experiencia actual de tu cuerpo y mente. Esto es inevitable. Sin embargo, el yoga no se trata de evitar estos ataques, si no de estar conciente de ellos cuando surgen y de volver al presente –volver a este cuerpo, a esta mente, tal cual son– y tratarte a ti mismo con amabilidad y compasión. Cuando comienzas a dominar esta comprensión tu práctica de yoga aparecerá en el resto de tu vida. Cada momento de tu vida es igual al momento en que empiezas a hacer una postura. En cierto modo, tenemos que encontrar la mejor postura emocional, actuar con la mayora cantidad de comprensión que esté disponible y estirarnos a estar presentes honestamente en lo que sea que esté surgiendo. Esto es el yoga perfecto.

Phillip Moffitt es el fundador y presidente de Life Balance Institute, una organización sin fines de lucro dedicada al estudio de la relación mente-cuerpo en un contexto de crecimiento personal y de liderazgo organizacional. Es instructor de yoga y educador somático; tiene un cinturón negro en aikido y enseña meditación vipassana en Turtle Island Yoga Center en San Rafael, California. Es co-autor de “The Power to Heal” (Prentice Hall, 1990).